Cada 23 de julio, el mundo entero dirige su mirada hacia los océanos para celebrar el Día Mundial de las Ballenas y los Delfines. Esta fecha, proclamada en 1986 por la Comisión Ballenera Internacional (CBI) como un esfuerzo global contra la caza indiscriminada, se ha transformado con los años en un llamado urgente a la conservación de la gran variedad de especies de cetáceos que pueblan los mares.
A pesar de la prohibición global de la caza comercial, la supervivencia de ballenas y delfines sigue estando en grave riesgo por la actividad humana en los océanos. Hoy en día, estos mamíferos marinos enfrentan una combinación letal de factores: la contaminación por plásticos y microplásticos que ingieren al alimentarse, el enredo en redes fantasma abandonadas por la industria pesquera, y la contaminación acústica generada por el tráfico marítimo y los sónares, los cuales desorientan su sistema de navegación. A estas presiones se suman los efectos del cambio climático, que altera sus rutas migratorias históricas y reduce la disponibilidad de alimento clave como el krill, así como el impacto del turismo irresponsable, cuyas embarcaciones invaden su espacio vital provocando estrés y colisiones físicas.
Más allá de su innegable majestuosidad, las ballenas y los delfines cumplen un rol irremplazable como verdaderos ingenieros climáticos que sostienen la vida en el planeta. Al actuar como depredadores tope, regulan y mantienen el equilibrio de las poblaciones de peces en la cadena trófica; pero su impacto más profundo ocurre a nivel global: sus heces fertilizan los océanos con nutrientes clave como el hierro y el nitrógeno, estimulando el crecimiento del fitoplancton, organismo responsable de producir más del 50% del oxígeno de la Tierra. Por si fuera poco, estos gigantes marinos son gigantescos sumideros naturales, ya que una sola ballena grande logra absorber en promedio 33 toneladas de dióxido de carbono a lo largo de su vida, convirtiendo a estos animales en aliados indispensables contra el cambio climático.
Venezuela, bendecida con una extensa línea costera en el mar Caribe y el océano Atlántico, guarda una relación privilegiada con estos inteligentes mamíferos marinos. Las aguas venezolanas albergan una biodiversidad marina asombrosa. Investigadores e instituciones de biología marina del país han documentado la presencia de más de 25 especies de cetáceos que transitan o residen de forma permanente en la región.
Las aguas profundas del Golfo de Cariaco, estado Sucre, el Archipiélago de Los Roques y las inmediaciones de la Isla de Margarita, en Nueva Esparta son escenarios habituales para el avistamiento del Delfín mular (Tursiops truncatus) o nariz de botella, el Delfín manchado del Atlántico (Stenella frontalis) o el imponente Delfín comun (Delphinus delphis). Pero no todo ocurre en el mar, en las cuenca del majestuoso Río Orinoco habita la tonina del Orinoco (Inia geoffrensis humboldtiana), un delfín de agua dulce y de peculiar color.
En distintas épocas del año, gigantes marinos como la ballena jorobada, el cachalote e incluso la imponente ballena azul aprovechan el alimento que generan las corrientes marinas de afloramiento (especialmente frente a las costas de Sucre y Nueva Esparta) para alimentarse y cuidar a sus crías.
Aunque Venezuela no practica la caza comercial de cetáceos, estos animales enfrentan desafíos determinantes para su supervivencia en el entorno local, siendo el encallamiento una de las causas más comunes que se registran en diversas áreas costeras del país.
Para Alexandra Natera, biólogo marino venezolana, no debemos esperar un día especial para dedicarnos a la protección y conservación de los mamíferos marinos como ballenas y cetáceos. A su juicio, la concienciación con estas especies debe aplicarse todos los días, desde acciones simples como no arrojar plástico en las playas, así como tener cuidado con las artes de pesca como redes en el caso de los pescadores, lo que contribuye a salvaguardar y garantizar la sobrevivencia en el tiempo de estas especies. «Nuestra diversidad biológica marina es inmensa, pero depende totalmente de nosotros cuidar de ella», asintió.
En este Día Mundial de las Ballenas y los Delfines, el reto para Venezuela va más allá de conmemorar una efeméride ecologista, implica fortalecer los marcos legales medioambientales, promover el manejo de desechos en las playas y apoyar la ciencia local para garantizar que los saltos de los delfines en Mochima y los soplos de las ballenas en el horizonte del Caribe sigan siendo parte del patrimonio natural del país.

