Ángel Fariña: El mar no se lee solo en los libros, se descifra con el pescador

“Nada es imposible cuando los saberes ancestrales de nuestros pescadores y el conocimiento científico de nuestros investigadores, se unen en alianza perfecta”.

Para muchos, el océano es una masa azul uniforme; para Ángel Fariña, es un libro abierto escrito en el lenguaje de la evolución y la supervivencia. Biólogo marino y profesor de vocación, además de explorador por naturaleza, Fariña ha dedicado su carrera a descifrar los misterios de los ecosistemas acuáticos, desde los estuarios más próximos hasta el silencio absoluto de las zonas abisales.

En esta entrevista, nos alejamos por un momento de las métricas y los informes técnicos para descubrir al hombre detrás del microscopio. Hablamos con un profesional que entiende que proteger el mar no es solo una cuestión de ciencia, sino de sensibilidad. Acompáñenos a sumergirnos en la mente de quien ha hecho del estudio de la vida marina no solo su profesión, sino su forma de entender el mundo y labrar su felicidad.

Más allá de los laboratorios, Fariña destaca por su capacidad comunicativa. Posee el don de transformar datos complejos en historias fascinantes, convirtiendo la biología marina en algo accesible para todos. Su enfoque no es solo académico; es un ferviente creyente de que la educación es la herramienta más poderosa para la conservación.

P: Desde su perspectiva como científico, ¿cómo se traduce el trabajo de laboratorio y la investigación de campo en beneficios tangibles para la seguridad alimentaria de los venezolanos? ¿Qué hitos de su carrera considera que han marcado un antes y un después para el sector?

R: El trabajo de laboratorio y de campo en ciencias marinas es fundamental para entender el funcionamiento y desarrollo de las especies que son objeto de aprovechamiento pesquero y comercial, sus procesos reproductivos, sus ámbitos de distribución, así como el análisis de datos respecto a los stocks pesqueros en series de tiempo. Esta información nos permite establecer vedas, cuotas de captura, tallas mínimas y así garantizar que el recurso permanezca para las próximas generaciones, que pueda ser aprovechado de manera sostenible y que siga llegando a la mesa del venezolano. La tarea es seguir utilizando un recurso pesquero, pero de manera responsable. Eso solo se puede hacer con ciencia aplicada al sector, produciendo conocimiento científico de base para la regulación de las pesquerías.

P: ¿Qué hitos de su carrera considera que han marcado un antes y un después para el sector?

R: Uno de los aportes más importantes en mi carrera ha sido la elaboración y el desarrollo del proyecto de pesca profunda, un proyecto que presenté al Centro Nacional de Investigación de Pesca y Acuicultura (CENIPA), para el cual fue aprobado su financiamiento y ejecución bajo la administración del Ing. Eric Martínez, Director Ejecutivo del CENIPA. Dicho proyecto culminó en enero de este año y se hizo entrega del informe final, pero aún queda mucho por analizar respecto a sus resultados. Los aportes que se han hecho al conocimiento de la biota de esos fondos mesopelágicos (entre 200 y 1000 metros de profundidad) son importantísimos. Nosotros, junto a los pescadores del puerto La Zorra, en La Guaira, pescamos por primera vez en el país en profundidades que casi alcanzaron los 600 m. Y lo hicimos de manera artesanal, con dos nasas y un palangre. Toda una hazaña en dos peñeros, demostrando que nada es imposible cuando los saberes ancestrales de nuestros pescadores y el conocimiento científico de nuestros investigadores, se unen en alianza perfecta. Hemos encontrado especies que no se habían observado antes en Venezuela o que sus registros databan de hace 50 o 60 años, otras que estamos trabajando y que parecen ser nuevas para la ciencia, y otras que hallamos en mucha abundancia siendo potencialmente aprovechables incluso para exportación, como el cangrejo dorado y el isópodo gigante, de los cuales hasta ahora solamente se tenían datos aislados en el país. Otro hito importante fue mi trabajo de tesis doctoral, donde por primera vez en Venezuela se aplicaron técnicas de secuenciación de ADN para identificar estadios larvarios de peces, algo relevante ya que se desconocen las larvas de un número alto de especies de peces. Y, por último, pero no menos significativo, yo comencé los primeros estudios sistemáticos en el mar venezolano en el campo de la etnoictiología, una ciencia que rescata los saberes ancestrales que tienen nuestros pescadores sobre los peces, los usos que les dan, incluyendo los medicinales, cómo los clasifican, sus nombres comunes y qué saben ellos sobre la bioecología de las principales especies pesqueras. Este conocimiento forma parte de su cultura, pero también es muy útil en Biología Marina y Pesquera. Aquí queda mucho por hacer. En el centro occidente no se ha hecho nada al respecto. Les toca a las nuevas generaciones asumir ese reto.

P: Venezuela posee una biodiversidad privilegiada, desde el Caribe hasta el Orinoco. ¿Podría compartirnos algún hallazgo reciente —ya sea sobre nuevas especies, ciclos de reproducción o salud de los ecosistemas— que sea clave para el desarrollo económico y científico del país en este momento?

R: Aparte de lo señalado anteriormente, nosotros encontramos en La Guaira una especie de pez bruja que es del grupo de los mixínidos, de los primeros peces que aparecieron en el planeta, sin mandíbula y con esqueleto cartilaginoso. Prácticamente unos fósiles vivientes. Esta especie fue colectada en aguas venezolanas hace 55 años, en una expedición internacional aguas afuera de La Guajira, pero nunca más se había registrado para otra zona del país ni en la costa. Obtuvimos 6 ejemplares que fueron identificados y analizados, de lo cual ya se envió la publicación científica respectiva y estamos esperando su aprobación.

P: A menudo existe una brecha entre la academia y la práctica en el mar. ¿Cómo ha sido su experiencia integrando el saber ancestral de los pescadores artesanales con el rigor científico? ¿Qué ha aprendido usted de ellos que no enseñan los libros?

R: Precisamente, ahí es donde juega un papel fundamental la etnoictiología. Yo soy un pescador que estudió. Me crie prácticamente en una playa y estoy haciendo buceo libre desde los 4 años, pesca submarina desde los 6 años, así que llevo un «tiempito» en el mar. Por ello, hablar con los pescadores desde el campo científico para mí ha sido como una práctica de vida. Una de las cosas que hacemos desde la etnoictiología es comparar los conocimientos ancestrales, el saber popular de nuestros pescadores, con el conocimiento científico existente, y es impresionante el nivel de coincidencias. Además de ello, los pescadores me han enseñado muchas cosas que no se aprenden en los libros. Con ellos aprendí a marcar, es decir, a ubicarme espacialmente en un punto sin la necesidad de un GPS. Yo puedo ir en el bote sin instrumentos, sobre el Bajo Las Caracas, por citar una zona, y gracias a esas marcas sé exactamente por qué tipo de fondo voy. Muchas de las investigaciones que he comenzado han sido basadas en cosas que me han dicho los pescadores con base en sus experiencias, las cuales me sirven para hacerme la pregunta biológica, pensar en una hipótesis al respecto y diseñar una metodología de investigación que me lleve a conclusiones generales que permitan predecir fenómenos, es decir, hacer ciencia.

P: En el contexto actual de Venezuela, ¿cuáles son las especies con mayor potencial para la acuicultura social y comercial, y qué papel juega la ciencia para que estos proyectos sean económicamente viables?

R: En el país se han retomado actividades productivas en el campo de la acuicultura importantísimas, lideradas por el CENIPA y el Ministerio del Poder Popular de Pesca y Acuicultura. Entre ellas se encuentra la trucha, el coporo, la tilapia, el mejillón y las algas, por mencionar algunas. El avance con estas especies ha sido sustancial y tiene que seguir desarrollándose. Hay especies potencialmente cultivables que deben estudiarse y cuya acuicultura puede generar actividades económicas relevantes como la langosta, los peces ornamentales, el pepino de mar, los pargos, el bacalao o cobia, y muchas otras. Algunas de ellas ya han tenido o están teniendo iniciativas en el país, pero ameritan más esfuerzo, más financiamiento, más investigación. La investigación en acuicultura no es fácil y es costosa, ya que requiere equipamiento, espacio, y todo un paquete tecnológico. La ciencia es fundamental aquí, porque no solo es promover la fecundación y el desove, sino garantizar el alimento y las condiciones que permitan la supervivencia en las etapas tempranas de vida que son las más críticas.

P: Para los jóvenes que hoy están estudiando Biología Marina o Ciencias Pesqueras en nuestras universidades, ¿cuál es el desafío más grande y la satisfacción más hermosa que les espera en las costas venezolanas?

R: El desafío que tienen nuestros jóvenes por delante es el lograr un balance entre el crecimiento demográfico y la demanda de productos del mar, con la actividad pesquera productiva consecuente, y que los recursos que sean aprovechados no se sobreexploten, que no se vea afectada su permanencia en el tiempo. No se trata de asumir posiciones conservacionistas extremas que nos impidan utilizar nuestros recursos marinos, pero tampoco permitir que el interés comercial y la sobrepesca acaben con ellos. Esa debe ser la tarea primordial en el campo pesquero. Por otro lado, Venezuela es un país megadiverso, eso significa que no hay espacio para el aburrimiento en estas ciencias y que siempre hay algo nuevo por descubrir. Yo tengo 56 años yendo al mar constantemente y cada vez que lo hago veo algo nuevo, algo fascinante que me emociona. Además, como les comento siempre a mis estudiantes, imagina un trabajo en el que lo que debes hacer es ir a bucear a Mochima o a Los Roques, nadando sobre el arrecife y haciendo anotaciones. Entonces, el trabajo deja de serlo para transformarse en un disfrute. Yo pude hacer de mi hobby una profesión y me levanto todos los días feliz de ir a cumplir con mis tareas. Eso no tiene precio. Así que, si tu sueño es ser Biólogo Marino o Pesquero, si eso en verdad te apasiona, lucha con todas tus fuerzas por conseguirlo, estudia mucho, prepárate, para que, como yo, seas feliz al hacer tu trabajo. En la vida no hay nada más importante que ser feliz.

La entrevista con Ángel Fariña nos deja una lección fundamental: el desarrollo de Venezuela está intrínsecamente ligado a la salud de sus aguas. Su labor en el CENIPA y su fe ciega en el relevo generacional trazan una hoja de ruta clara para el sector pesquero nacional. Nos despedimos con la certeza de que, mientras existan investigadores capaces de escuchar tanto a los libros como a los pescadores artesanales, los misterios de la Venezuela Azul seguirán transformándose en bienestar para el país.

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