Tucupita. – En las aguas del Delta Amacuro, allí donde el río se hace gigante y se abraza con el océano, se está consolidando la Venezuela que no se rinde. Una nueva generación de la Juventud Pesquera y Acuícola ha decidido cambiar la vieja estructura de oficina por el poder de la producción real, asumiendo con orgullo el liderazgo en el territorio y la defensa de cada recurso de la mano del Ministerio de Pesca y Acuicultura.
No se trata de un simple discurso; son muchachos de carne y hueso que hoy no solo lanzan sus redes al agua con esperanza, sino que se plantan con seriedad para garantizar que el alimento del pueblo siga saliendo del río de manera soberana y sostenible en el tiempo.
Esta revolución no solo se siente a bordo de las lanchas bajo el sol de la mañana, sino también en los distintos espacios donde se debate el destino económico de la Patria.
Junior José Moreno Iborí, quien desde enero cursa el diplomado impulsado por el ministerio, resalta que el conocimiento y el compromiso de acompañar la formación son las verdaderas anclas de este proceso. Con la madurez de la nueva vanguardia, Junior asegura que la clave para consolidar la Venezuela Azul está en que el pueblo sea el propio guardián de lo suyo a través de la contraloría. Para él, una supervisión constante en la ejecución de cada proyecto son la única garantía de que las cosas se hagan bien y las metas se cumplan con la máxima eficiencia posible.
Por su parte, Luis Daniel Díaz Abreu, un joven pescador del municipio Tucupita que conoce bien el recurso del agua, complementa esta visión con la realidad del día a día. Él tiene claro que para producir con éxito no basta con la pura voluntad, sino que se necesitan herramientas físicas y reales en las manos para trabajar. Luis Daniel defiende con pasión la fórmula que está transformando su entorno, una formación útil que les enseña a pescar con conciencia para cuidar el ecosistema del Delta, el financiamiento directo de motores e insumos entregados sin trabas burocráticas y un relevo generacional que dignifica el sector productivo de ríos y mares. Cuando la pesca se vuelve una actividad rentable, los jóvenes no miran el horizonte para escapar; se quedan en su tierra para sembrar el futuro y convertir el río en un proyecto de vida digna.
El testimonio de estos jóvenes del Delta es el reflejo de una mística que trasciende la asistencia del momento; es la muestra viva de que el acompañamiento del Estado en el territorio está rindiendo sus mejores frutos.
Mientras las manos de la juventud sigan transformando el trabajo diario en soberanía alimentaria, la economía productiva de la Venezuela Azul tendrá asegurado su rumbo. El río ya no es solo agua que pasa, es el escenario donde un pueblo joven escribe, con esfuerzo y dignidad, su propia historia de liberación.

